JOSEEDUARDO ARAUJO

DE LA DISCRIMINACIÓN

 

Si atendemos a muchas palabras de nuestro idioma por su sola etimología, abstractamente, podemos equivocar el camino cuando tratemos de entender el significado dado a un término a secas pero relacionado a una conducta personal o social. Esta circunstancia se da cuando analizamos el término “discriminación” que sólo quiere decir “diferenciar, distinguir, separar una cosa de otra”, según el más simple de los diccionarios.

Pero si transitamos de lo semántico a lo psicológico  individual o social  caeremos en la cuenta que a este término, como a tantos otros, debemos interpretarlo o utilizarlo comunicativamente en un contexto mucho más extenso, auscultando el designio con que es expresado o utilizado. Y caeremos en la cuenta que entre los que discriminan y los que son discriminados se produce una relación sinalagmática perversa, en cuya bilateralidad la acción se inicia por la actitud peyorativa, cuando no arrogante y violenta, de los primeros.
Quienes discriminan pueden o no ser mayoría pero a veces su actitud negativa es tan irracional que insufla temor en los discriminados (caso K. K. Klan en el sur de Estados Unidos).
Los efectos de la discriminación pueden ser sociales o políticos, por razones étnicas, raciales, sexuales, religiosas, ideológicas, etc. Nunca, en la historia de la humanidad, ha dejado de existir la discriminación, siendo la extranjería o la condición de vencidos en la guerra lo que convirtió en discriminados a los que, acaso, fueran libres como tribu, pueblo o nación.
John Dewey se pregunta en su libro “La Reconstrucción de la Filosofía” (Planeta  Agostini, Obras Maestras del Pensamiento Contemporáneo), acaso reflejando su preocupación por este tema, entre otros, en qué ha avanzado o progresado la humanidad en los últimos milenios; y llega a una dramática conclusión: en muy poco.
Una de las “taras” (parafraseando a Ernesto Guevara) de ciertos sectores de la humanidad es la actitud discriminatoria  por aquellas razones  llevada a cabo desde siempre, pudiendo nosotros concluir que la discriminación va de un grado “menor” hasta el genocidio. Por ejemplo: las separaciones hechas de las madres solteras hasta no hace muchos años, de las mujeres embarazadas de cualquier estado civil en las relaciones laborales, por citar unos entre cientos de ejemplos, o los institutos de la “aristocracia” (no en el sentido politológico griego sino en su enfoque social) o de las “noblezas” en ciertas sociedades,  pasando por la exclusión histórica del pueblo de Sudáfrica hasta el triunfo popular y contundente de Nelson Mandela (el mayor discriminado en la historia de esa nación) y la exclusión de que fue objeto el pueblo judío que culminó con el genocidio de los años treinta-cuarenta del siglo XX.
Todos estos procesos de discriminación que conllevaron la “exclusión” de los discriminados obligaron al dictado de entre otras normas del Derecho Internacional- la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1945 y la Convención Americana sobre Derechos Humanos, llamada Pacto de San José de Costa Rica de 1969. El tema que hoy nos ocupa está tratado en profundidad en las nombradas fórmulas, deplorando por nuestra parte la escasa operatividad de sus normas no obstante las declaraciones que se hacen hasta en los foros internacionales y judiciales.
Ello no obstante, las leyes del derecho positivo existen en nuestro país y actúan como basamento jurídico en la lucha contra la discriminación, a la par de los frentes social y político.
La Constitución Nacional Argentina eleva a su jerarquía las nombradas declaraciones, culminando el régimen legal con las disposiciones pertinentes del derecho penal común y con la ley 23592 y sus modificatorias que reprimen los actos discriminatorios tipificados por la persecución u odio a una raza, religión o nacionalidad.
Por razones de espacio obviamos  lo que podemos ampliar en otras entregas  los procedimientos e institutos creados para la lucha contra la discriminación tanto en los niveles nacional como locales.

**Abogado penalista 
Escritor 
Presidente del Instituto de Historia y Letras de la ciudad de Villa Carlos Paz